
– ¿Por qué no te has ido a la cama?
– Quería verte.
Nos abrazamos. Su cuerpo exhalaba un aire cálido. Olía a colonia suave, a ropa seca. Sentí deseos de que nos fuéramos directamente a dormir, sin hablar ni una palabra. De pronto me sentía muy cansada. El ansia de saber que me había mantenido alerta durante tanto tiempo me abandonó de pronto.
– Te he preparado una ensalada para que puedas cenar algo.
No me apetecía lo más mínimo cenar, pero era impensable desairar a mi marido. Me quité el abrigo, me lavé las manos y fui a la cocina. Él ya estaba allí. Había preparado un servicio de mesa y estaba sacando de la nevera una apetitosa ensalada de atún y una cerveza.
– No era necesario que te molestaras tanto.
– Bueno, has llegado más tarde de trabajar que yo. Si hubiera sido al revés estoy seguro de que tú hubieras hecho lo mismo.
– ¡En fin! -exclamé-. Siempre es bueno saber lo que los demás esperan de una.
Me eché a reír y lo besé alegremente.
– Hablando en serio, no deberías prepararme nada.
– ¿Se puede saber por qué?
– A veces no se puede calcular cuándo acaba el trabajo, las cosas se complican, los horarios se retrasan, y todo se hace más difícil si piensas que una ensalada te espera languideciendo en la nevera.
– Bueno, en ese caso te presento mi dimisión como cocinero de horas extra.
– ¡Demonio!, ¿no te has dejado convencer demasiado deprisa?
Hizo ademán de estrangularme y me abrazó.
Comí, y, a medida que lo hacía, mi apetito fue despertándose. Por supuesto, Marcos me preguntó para qué querían verme las monjas corazonianas. Le conté y, naturalmente, se quedó tan intrigado como yo. Las preguntas que yo había estado haciéndome le asaltaron también a él.
– ¡Todo es tan extraño, Petra! ¿Y si se trata de alguna secta misteriosa? O de la maldición de la momia, como en las películas antiguas; no sé, parece algo fuera de lo normal.
