
– ¿Han asesinado a una monja?
Suspiré, cargada de paciencia.
– En la vida real no hay tantos asesinatos como en las películas. El hecho de que asesinen a alguien es excepcional, lo normal es que todo el mundo siga vivo, ¿comprendes?
– Sí.
– ¿Crees que estarás bien sola durante una horita?
– Sí.
Ya empezaba a acostumbrarme a sus monosílabos categóricos, así que no recabé de ella ningún otro matiz.
– No abras la puerta a nadie. No enciendas el fuego de la cocina. No te asomes a ninguna ventana. No manipules ningún cable eléctrico ni enchufe.
– En una hora no me daría tiempo a hacer tantas cosas.
– Bien. Lo que puedes hacer es leer un libro, escuchar música y, si no tienes miedo de volverte idiota, también ver la televisión.
– ¿Puedo comerme una manzana?
– Sí, pero no estando boca abajo, podrías atragantarte.
Permaneció inmóvil, considerando los riesgos de comerse una manzana con los pies en alto, y por fin asintió. Yo salí corriendo y me prometí no volver a pensar en los innumerables peligros que una casa encierra.
El convento de las corazonianas estaba situado en las cercanías de la plaza de Sant Just i Pastor. En una callejuela lateral, la portada levemente barroca, más bien fuera de cualquier estilo arquitectónico absoluto, se elevaba entre otros edificios antiguos, provocando una sensación inquietante y serena al mismo tiempo, si eso puede ser así. Un timbre hábilmente disimulado conectaba aquellas piedras con la modernidad. Llamé, y apenas un segundo después, una voz nada agradable, que más bien remitía a un ama de casa agobiada que a una novicia angelical, me preguntó quién era a través de un interfono ronroneante. Al contestar: «Petra Delicado, inspectora de policía», me invadió una oleada de irrealidad. ¿Qué demonio pintaba yo allí?, ¿qué me esperaba tras aquellos muros centenarios?, ¿para qué me necesitaban en una comunidad religiosa? Pensé que sin duda se trataría de alguna gilipollez: una niña de las que acudían por allí había cometido alguna gamberrada o un turista presuntamente cultural les había mangado algún cáliz de relativo valor. Sin duda mi cometido se limitaría a vehicular el asunto en las manos de los colegas a quienes compitiera, y a ser tan amable como para conseguir que Marina y su familia quedáramos en buen lugar.
