
Una monja con tantas dioptrías como años abrió la puerta y me atisbó a través de los cristales espesos de sus gafas pasadas de moda. Iba vestida con un hábito negro por completo que le daba el aspecto de un oscuro pajarraco de mal agüero. Para intentar verme mejor, elevaba la cabeza y arrugaba la nariz.
– ¿Es usted la policía? -se cercioró-. Pase por aquí. La madre Guillermina enseguida la recibirá.
Me depositó en una salita poco iluminada. Olía a lejía, a incienso y, sorprendentemente, también a humo de cigarrillos. Me senté en un sofá del año de la polca y pasé revista a los cuadros de sacristía que ocupaban las paredes. Eran horribles: ángeles musculosos como matones de discoteca armados con espadas flamígeras, santas con guirnaldas de floripondios en torno al cuello y los ojos en blanco a causa de algún éxtasis ignoto… pero el más llamativo por su mal gusto representaba a un niño Jesús con claro sobrepeso siendo adorado por tres Reyes Magos sacados de un carnaval popular. Si se había producido un robo en aquel convento y si lo robado estaba a la altura artística de aquellos adefesios, ni siquiera sería necesario pedir refuerzos, con tomar nota de la denuncia y olvidarme después estaría bien. En ese momento entró la hermana portera, o como diantre se denominara, y me invitó a acompañarla.
– Vamos al despacho de la madre superiora -aclaró.
La seguí por largos pasillos lúgubres, desiertos de cualquier vestigio vital. Al entrar en el despacho anunciado el conjunto cambió. Era una estancia amplia, amueblada de modo funcional, y en la mesa que ocupaba el centro se veía un ordenador de última generación.
