
– Inspectora Delicado, gracias por venir. Soy Guillermina de Arrinoaga, madre Guillermina del Sagrado Corazón en esta comunidad. No se levante, por favor.
Tomó asiento pesadamente y suspiró. Me miró taladrándome y volvió a suspirar. Yo permanecía aún impresionada por su pinta imponente y por la energía que desprendía su presencia.
– Petra. ¿Puedo llamarla Petra? Marina siempre nos habla de usted. La quiere mucho, dice que es usted la mejor policía de la ciudad.
– No creo que conozca a muchos más. Dudo de que figure algún policía en la nómina de amigos de su madre.
Soltó una carcajada seca y corta.
– Sí, policías y monjas no tenemos buen cartel en el mundo burgués. Carecemos de lo que ahora llaman glamour. ¿Usted fuma, inspectora?
– No compulsivamente, puedo esperar a salir.
– Bien, con lo que le queda por ver en esta casa no creo que se escandalice porque fume yo. Pasé quince años en Miami fundando una comunidad, todas las monjas eran cubanas, por supuesto. De modo que regresé de allí con dos defectos: no soporto el frío y fumo, ¡qué le vamos a hacer! Suelo retenerme en público, pero estoy tan alterada con lo de hoy…
Abrió un cajón y me ofreció un cigarrillo del paquete que extrajo. Lo tomé. No quería forzar las cosas, pensaba dejarla hablar. Exhalamos al unísono la primera bocanada. Ella la soltó como una verdadera chimenea industrial.
