Derguín y, sobre todo, Baoyim habían frustrado su intento de derrocar y asesinar a la reina. Una vez desbaratados sus planes, su madre la habría ejecutado sin pestañear. Pero Tildara había muerto pocos días antes, y Tanaquil no tenía más herederas. Así se lo había explicado ella misma, antes de aplicarle el hierro candente con su propia mano.

– No quiero que mi linaje se extinga. Sólo eso te salva.

Ziyam siempre había estado muy pagada de su belleza, que destacaba incluso en una raza de mujeres tan saludables y bien proporcionadas como las Atagairas. De hecho, a sus espaldas la llamaban Nenúfar.

La niña que aún habitaba en su interior había estado a punto de llorar: «¡Mamá, no me quemes la cara, por favor!». Pero la mujer en que se había convertido sabía que, una vez que su madre tomaba una decisión, nada podía disuadirla. De modo que rechinó los dientes y se obligó a sí misma a no cerrar los ojos para no perder de vista el fulgor rojo de la cruz de hierro que se acercaba a su mejilla.

– Es más un castigo para mí que para ti, hija. Salta a la vista que no te he sabido educar.

Ahora, en la ladera del Maular, Ziyam volvió a apretar los dientes para no gritar, pues incluso el recuerdo de la quemadura le dolía. Apartó los dedos de la herida, los metió bajo el yelmo y se tocó las puntas de la cabellera, ásperas como un cepillo. Su madre le había cortado el pelo como si esquilara a un urimelo. Pero, al menos, su melena de cobre volvería a crecer.

Cuando sea reina, ya encontraré un modo de borrar esta cicatriz, se consoló la princesa.

Tras entregarle el estandarte a aquella furcia de Baoyim, Derguín volvió a montar en su magnífica bestia, aquel caballo blanco que se había revelado como un unicornio gracias a que el Zemalnit le había pintado el cuerno invisible con pan de oro. Pese al odio que sentía por el joven Ritión, Ziyam pensó que jinete y corcel componían una estampa digna de ser esculpida incluso en los acantilados de Acruria.



12 из 447