¿^ quién pretendes engañar?, se dijo. Bien sabía la princesa que no era odio lo que albergaba su corazón, o al menos no era todo lo que albergaba. Por eso mismo, y porque estaba acostumbrada a que las demás mujeres se enamoraran de ella y había aprendido a detectar los síntomas de la pasión con la frialdad de una médico, Ziyam era perfectamente consciente de cómo miraban otras mujeres a Derguín.

Ariel, por ejemplo. Mientras le entregaba a su señor el estandarte, la cría lo miraba con un brillo húmedo en los ojos y le hablaba con un tenue vibrato en la voz que traicionaba su adoración por él.

Baoyim también sentía algo por Derguín. Una pasión más animal, seguramente. Desde donde estaba, Ziyam casi podía olfatear en su sudor el deseo, por no hablar de la forma en que la capitana se tocaba la melena negra cada vez que se dirigía al Zemalnit.

A Ziyam lo de la niña le parecía simplemente patético: una sierva enamorada de su señor. Con el tiempo, cuando le crecieran las tetas, lo más que conseguiría de él sería un par de revolcones y un hijo bastardo. Pero lo de Baoyim la indignaba.

Era evidente que Derguín, demasiado joven y distraído con otras cosas, no se daba cuenta de hasta qué punto resultaba atractivo para las hembras. O tal vez Ziyam, obsesionada con él, pensaba que todas las mujeres lo veían igual que ella.

No era por su físico, o al menos no era sólo por su físico. En el harén de Acruria se encontraban especímenes más espectaculares por su estatura, por sus músculos o por otros atributos. Entre ellos el propio Mazo, aquel gigante barbudo que había llegado a Atagaira con Derguín y al que Ziyam había clavado dos dardos en la espalda. El Mazo era casi el doble de grande que Derguín, y en cuanto a otros atributos… Ciertamente, en Atagaira no se habían visto demasiados machos como aquel gigante. En ese sentido, su arma era bastante superior a la del Zemalnit.



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