En realidad, Ziyam, la princesa Nenúfar, vivía demasiado absorta en sí misma como para haber aprendido a percibir y expresar los dones de otras personas, y por eso no alcanzaba a comprender por qué la atraía Derguín. No muchos días después, otra mujer que compartía su afición por el Zemalnit le diría de él: «Es por sus ojos. Son profundos y nobles, y tan jóvenes como el mundo antiguo. En ellos hay tormenta y calma, y un extraño destino que ni yo misma alcanzo a leer».

Una explicación que no era completa. Porque a esa mujer que pronto conocería Ziyam le ocurría lo mismo que a la princesa: ambas se habían encaprichado de Derguín porque no lo poseían, porque el Zemalnit se resistía a ser suyo.

Visunam, la jefa de la guardia personal de la reina, levantó el estandarte. Las Atagairas se pusieron en marcha, y el cadencioso paso de miles de cascos de caballos resonó en aquel suelo seco y rojizo como ladrillo.

Bajaron por un declive pronunciado, hasta llegar a una ladera más suave y ancha donde hicieron otro alto. Abajo, a poco más de mil metros, se hallaban los odiados Glabros. Sus centinelas habían advertido la llegada de las Atagairas, y sus trompas de alarma resonaron roncas como cuervos sobre el estrépito de la batalla.

La reina se dirigió a Derguín. Ziyam se encontraba lo bastante cerca como para oír sus palabras.

– Éste es un buen lugar para iniciar la carga. Quiero que te guardes esto ahora, Zemalnit -dijo, tendiéndole un papel doblado.

– ¿Qué es?

– Mi epitafio. Ya te hablé de él. Pero no debes leerlo hasta que llegue el momento.

Mi epitafio, se repitió Ziyam. Varias guardias Teburashi, más fieles a la princesa que a la reina, habían insinuado que en plena batalla una lanza amiga mal arrojada podía acabar en la espalda equivocada. Ziyam había prohibido cualquier maniobra de ese tipo. Su madre la tenía demasiado vigilada.



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