
Mas, al parecer, la misma Tanaquil presentía que su final estaba cercano.
Si así ha de ser, madre, no seré yo quien llore tu muerte.
La pendiente, sin ser tan pronunciada como para que los caballos corrieran peligro de despearse, ofrecía un buen impulso para la carga. La jefa de la marca de Faretra se acercó a la reina acompañada por su portaestandarte.
– Te pido que me concedas el honor de abrir la carga, Majestad.
Tanaquil asintió. Era una formalidad: la táctica ya se había decidido antes. Baoyim se volvió hacia el Zemalnit y le dijo:
– Vas a contemplar algo que no olvidarás fácilmente, tah Derguín.
Ziyam creyó ver lascivia en la sonrisa de la Atagaira morena, y la sangre se le subió al rostro. Ya querrías que las tetas que viera Derguín fueran las tuyas y no las de las Faretrias, pensó.
Estás celosa. Respiró hondo. Era ella, Ziyam, quien siempre desataba en los demás el monstruo ingobernable de los celos, no quien lo sufría. Y no era momento de dejar que aquel velo rojo nublase su vista justo antes de la batalla.
El sol ya se hundía en el horizonte. A un gesto de Tanaquil, la abanderada hizo ondear el estandarte en alto, y entre las filas de las Atagairas cientos de trompetas respondieron a su señal.
La batalla iba a empezar. Curiosamente, las pulsaciones de Ziyam, que se habían acelerado al ver cómo Baoyim sonreía a Derguín, se calmaron. Ahora entraban en los dominios de Taniar, la diosa de la guerra, tan caóticos y resbaladizos como los de Pothine, señora del amor; pero se trataba de un terreno que cualquier Atagaira prefería.
Las mujeres de Faretra arrancaron en un suave trote que aceleraron poco a poco al bajar por el declive. Formaban cuatro escuadrones de cien, que se fueron abriendo al llegar a la parte baja del Maular. Desde la llanura, los pájaros del terror ya cargaban contra ellas, y se oían sus estridentes graznidos.
