A duras penas, la princesa había llegado a la altura de Derguín, que cabalgaba a su izquierda. Ataviado con aquella extraña armadura entre negra y obsidiana, cubierta de crestas, pinchos y signos geométricos, y tocado con el casco coronado de espinas, el Zemalnit casi parecía un inhumano. La princesa giró el cuello hacia él. Mírame, le ordenó mentalmente.

Derguín captó su pensamiento, o bien su mirada, porque se volvió hacia ella. Tras el visor de cristal -¡De cristal! ¡Qué locura!, pensó Ziyam-, apenas se intuían sus ojos.

¿ Ves bien la cicatriz, cabrón? Ya te haré pagar por ella. Pero se calló aquel pensamiento y, en su lugar, exclamó:

– ¡La vista al frente, tah Derguín!

El Zemalnit enderezó el cuello para mirar por encima del cuerno dorado de su montura. Ziyam sonrió al notar que Derguín daba medio respingo sobre la silla del unicornio.

No era de extrañar. Como todas las demás Atagairas, las Faretrias se habían despojado de sus capas. Pero ellas iban completamente desnudas y así, en cueros, cargaron contra los Glabros y sus pájaros del terror, mientras se ponían de pie sobre los estribos y tensaban los arcos. Su desnudez era un gesto destinado a demostrar a aquellos salvajes cuánto los despreciaban las Atagairas y, de paso, a sembrar el desorden en sus filas. Aunque era una locura pensar algo así cuando quedaban segundos para el choque, el acero y la sangre, para encontrarse con las garras y los picos de aquellos monstruos emplumados, Ziyam se excitó y en cierto modo envidió a las Faretrias.

El Zemalnit le dijo algo a su montura. El unicornio levantó la cabeza, emitió un desafío que parecía más el toque de una trompeta que un relincho, y aceleró su galope cual si en lugar de cascos tuviera alas. Aunque Ziyam volvió a talonear a Cellisca, no pudo evitar quedarse tan rezagada como Baoyim, su madre y las guardias que la rodeaban.



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