La sangre fresca manchaba casi un palmo de la moharra de hierro. La herida había sido profunda. De haber recibido un tajo de machete, los anillos de la loriga la habrían detenido y, aunque se habrían hundido en la carne produciendo una fea contusión, la herida no habría pasado más allá del hueso. Pero una punta tan aguzada… Tras abrir los anillos, debía haber penetrado entre las costillas e interesado el pulmón. Ahora mismo su madre debía estar respirando sangre, con el pecho cada vez más encharcado.

Para Ziyam, la conclusión estaba clara.

Vas a ser reina.

Sabía que la acusarían a ella, que en la corte más de una pensaría que alguna de sus partidarias había herido a traición a su propia soberana.

Le daba igual. Ya reprimiría esas calumnias con mano dura.

– ¡Alteza, toma mi montura!

Ziyam levantó la mirada. Una guerrera de la marca de Acruria acababa de desmontar y le tendía las riendas de su yegua. Ziyam le agradeció el gesto, pisó el estribo y se encaramó a la silla. Pero una vez montada, se cuidó mucho de acercarse a ningún otro Glabro. La suerte le había sonreído esa noche, y no era cuestión de tentarla más.

CAMPAMENTO DEL MARTAL

Tras encabezar la carga de las Atagairas y romper las filas de los Glabros, Derguín había destruido al demonio Gankru, salvando así a su maestro Kratos. Después se había enfrentado al nigromante Ulma Tor, y durante ese combate Mikhon Tiq consiguió por fin salir del encierro de su syfron y unirse a su cuerpo petrificado. Entre ambos, y con la irrupción del mago Kalitres, habían derrotado a Ulma Tor.

Demasiadas emociones seguidas. Cuando se quedó a solas con Mikhon Tiq, Derguín no pudo resistir más, se quitó la coraza y se abrazó a su amigo.

– Te he echado de menos, Mikha. Me sentía solo sin ti.

Mikhon Tiq estaba tan aturdido que durante un rato se quedó con las manos caídas a los costados, sin saber qué hacer. Por fin, devolvió el abrazo a su amigo.



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