
– Todos mis actores son Madonnas y Van Dammes -prosiguió él retomando sus malhumorados gruñidos-. Se aman a sí mismos por guapos y por deportistas más de lo que aman el oficio de actor y el teatro. Cómo no; después de tantos años de trabajo tenaz, entrenamientos, sudor, disciplina y regímenes, les sabría mal si nadie lo viese ni lo valorase. ¡Descanso, media hora! -gritó.
Grinévich y Nastia fueron a la cafetería, donde cada uno se tomó un café insulso y tibio.
– ¿Qué hay de tu vida, Nastiusa? ¿Qué tal te van las cosas en casa, en el trabajo?
– Lo mismo que antes. Mamá está en Suecia, papá sigue dando clases, de momento no piensa jubilarse. Una persona mata a otra y por alguna razón no quiere que se la castigue por esto. No hay nada nuevo en mi vida.
Grinévich le acarició una mano con un movimiento breve.
– ¿Estás cansada?
– Mucho -asintió Nastia con la cabeza, la vista fija en la taza.
– ¿Tal vez te aburre ese trabajo?
– ¡Pero qué dices! -Nastia alzó los ojos y dirigió al director segundo una mirada de reproche-. ¡Cómo se te ocurre decirlo! Mi trabajo me cansa terriblemente, es muy sucio, tanto en el sentido directo como figurado, pero me gusta. Ya sabes, Guena, sé hacer muchas cosas, incluso ganaría bastante más si trabajase como traductora, sin hablar ya de dar clases particulares. Pero no quiero trabajar en nada más.
