
– ¿No te has casado?
– ¡La preguntita de rigor! -se rió Nastia-. Me la haces cada vez que nos vemos.
– ¿Y cuál es la respuesta?
– La respuesta también es de rigor. Ya te lo he dicho: en mi vida no hay nada nuevo.
– ¿Pero tienes a alguien?
– Ya lo creo. A Liosa Chistiakov, el de siempre. La presencia de rigor.
Grinévich dejó de lado la taza y miró a Nastia con mucha atención.
– Escucha, ¿no crees que te aburre la monotonía de tu vida? Hoy no me gustas nada. Es la primera vez que te veo así y te conozco desde… si mal no recuerdo…
– Veinticuatro años -le ayudó Nastia-. Cuando os mudasteis a nuestra casa, yo tenía nueve y tú, catorce. Tenías que ingresar en el Komsomol justamente entonces pero al cambiar de domicilio también tuviste que cambiar de colegio, y en el nuevo te dijeron que no te conocían de nada y no podían avalar tu admisión en el Komsomol. De modo que todos ingresaron cuando estudiaban octavo y tú tuviste que esperar hasta noveno. Te dio una angustia terrible.
– ¿Cómo lo sabes? -se asombró Guennadi-. En aquel entonces no hablábamos casi nunca, para mí eras una pequeñaja. Recuerdo muy bien cómo nos hicimos amigos cuando nuestros padres nos compraron cachorros idénticos, de la misma camada. Pero antes de aquello creo que no estuve ni una sola vez en vuestro piso.
– Pero tus papis sí. Y nos lo contaban todo de ti. Lo del Komsomol, lo de la chica del décimo curso, lo del examen de física.
– ¿Qué examen? -se desconcertó el director segundo.
– Al que no querías presentarte. Tomaste una ducha caliente, te lavaste el pelo y saliste en pijama y descalzo al balcón cubierto de nieve, en pleno febrero. Tus padres te pillaron allí.
– ¿Y qué pasó?
– Nada. Tenías una salud de hierro, así que tuviste que presentarte al examen.
– ¡Caray! -exclamó Grinévich, que se desternillaba de risa-. No recuerdo nada de eso. Oye, por casualidad, ¿no estarás mintiendo?
