– No estoy mintiendo. Ya sabes que tengo buena memoria. En cuanto a que me aburre la monotonía de mi vida, te equivocas. Yo no me aburro nunca. Siempre hay cosas en que pensar, por monótona que sea la vida de una.

– Y sin embargo, te veo algo baja, Nastasia. ¿Alguien te ha hecho enfadar?

– Ya se me pasará -respondió sonriendo con tristeza-. El cansancio, las tormentas magnéticas, el alineamiento de los planetas… Todo pasará.


¿Había algo más absurdo que unas vacaciones en noviembre? En los meses de nieve se podía esquiar, en marzo y abril el sol vivificante de las playas del Cáucaso devolvía las fuerzas al cuerpo debilitado por la avitaminosis invernal. Indiscutiblemente, tenía sentido hacer vacaciones en cualquier mes desde mayo hasta agosto, o en setiembre y octubre, en la llamada temporada de terciopelo de los litorales de los cálidos mares del sur. Pero ¿qué se podía hacer en noviembre? Noviembre era el mes más desangelado de todos, cuando la gracia dorada del otoño había desaparecido ya y la inminencia de la llegada de días fríos, oscuros y largos se volvía dolorosamente obvia. Noviembre era el mes más triste, ya que la lluvia y el barro, que en marzo y abril auguraban el calor y los placeres, en vísperas del invierno sólo traían congoja y desconsuelo. No, ninguna persona en su sano juicio cogería las vacaciones en noviembre.

La inspectora jefe de la Policía Criminal de la DGI, Dirección General del Interior, de Moscú, comandante de policía Anastasia Pávlovna Kaménskaya, de treinta y tres años de edad y diplomada en Derecho, conservaba su sano juicio en perfecto estado. No obstante, le tocaba irse de vacaciones precisamente en noviembre.

A decir verdad, al principio la idea de tener vacaciones en otoño se le había presentado bajo un aspecto muy diferente. Por primera vez en su vida, Nastia iba a pasarlas en un balneario, un balneario muy caro por cierto, un balneario que se preciaba de sus excelentes servicios y tratamientos terapéuticos.



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