
Al salir del teatro, Nastia enfiló sin prisas por la avenida hacia la boca de metro, tratando de decidir antes de subir en el tren adonde ir: a su casa o a la del padrastro. Tomó la decisión a tiempo y fue muy original: iría al trabajo. ¿Para qué? No tenía ni idea.
Su jefe, Víctor Alexéyevich Gordéyev, por extraño que parezca, estaba en su despacho, por lo que las descabelladas aspiraciones de Nastia estaban abocadas a hacerse realidad. Si Gordéyev no hubiera estado allí, cualquiera sabe cómo hubiera terminado aquello. Pero Víctor Alexéyevich se encontraba sentado a la mesa del despacho, mordisqueando con dedicación la patilla de las gafas, lo cual era indicio de una profunda cavilación.
– Víctor Alexéyevich, ordéneme interrumpir las vacaciones -le pidió Nastia Kaménskaya a bocajarro.
Después de volver del balneario, ya había hablado con el jefe, quien estaba al tanto de la malograda epopeya de su recreo y terapia. Además, Gordéyev la quería, valoraba y comprendía. Tal vez la comprendía mejor que nadie.
– ¿Qué te pasa, Nástenka, Stásenka, no acabas de reponerte? -preguntó con compasión.
Nastia asintió en silencio.
