
En 1912 el Dalai Lama regresó a Lhasa. Durante todo el tiempo que duró su ausencia, en aquellos días tan difíciles, mi querido padre y los demás ministros cargaron con la pesada carga de gobernar al Tíbet. Mi madre solía decir que el carácter de mi padre nunca volvió a ser el mismo. Por supuesto no le quedaba tiempo para atender a sus hijos, y por ello hemos carecido del afecto paterno. Yo, muy especialmente, despertaba sus iras y por eso me dejaba a merced del intratable Tzu, a quien le había dado plenos poderes para mi educación.
Tzu tomaba como un insulto personal mi fracaso en la equitación.
En el Tíbet, los niños de las clases altas aprenden a montar casi antes de saber andar. Dominar la equitación es imprescindible en un país como el Tíbet, donde todos los viajes se hacen a pie o a caballo. Los nobles tibetanos practican la equitación continuamente. Se mantienen fácilmente en pie sobre una estrecha silla de madera mientras el caballo galopa y, en plena carrera, disparan con fusil contra un blanco movedizo para cambiar luego de arma y tirar flechas con el arco. Y todo esto a galope tendido y yendo de pie sobre la silla. A veces, los mejores jinetes recorren al galope las llanuras, en formación, y cambian de caballo saltando de silla a silla. ¡Figúrense ustedes qué concepto tendría Tzu de mí, un niño de cuatro años que ni siquiera se sostenía aún sentado en la silla!
Mi pony, Nakkim, era peludo y con una larga cola. Su estrecha cabeza tenía una expresión inteligente. Sabía un asombroso número de procedimientos para sacudirse de encima al jinete… si era un jinete tan inseguro como yo. Uno de sus trucos favoritos era dar una carrerilla, pararse en seco y agachar la cabeza. Luego, cuando ya me había resbalado hasta su cuello, lo levantaba de pronto y esta sacudida me hacía dar una vuelta de campana antes de caer en el suelo. Después se me quedaba mirando con maliciosa complacencia. Los tibetanos nunca cabalgan al trote; los ponies son pequeños y un jinete resulta ridículo sobre un pony que trote.
