
– Así que me has incitado a la acción con la espada de los celos. Que yo recuerde, ya me has amenazado con alguna estratagema antes. Muy hábil. -Ladeó la cabeza-. Pero peligroso.
– Eso fue hace años. Todavía era una niña.
– Aún lo eres en muchos aspectos.
– No lo soy. Aunque me tratas como si lo fuera. -Respiró profundamente y atacó-. Quiero que te cases conmigo.
Su sonrisa se desvaneció.
– Ya lo sé.
– Me… importas.
– Lo sé.
– Y sientes algo por mí. Yo también lo sé, Kadar.
– Por supuesto.
– Entonces cásate conmigo. -Intentó sonreír-. No podrías hacer nada mejor. Thea y yo compartimos las ganancias del negocio de la seda que empezamos aquí, en Montdhu. Soy un buen partido.
– Para cualquier hombre. -Negó con la cabeza-. Ahora no, Selene.
– ¿Por qué no? Te lo he dicho. Ya no soy una niña. Nunca me he sentido como una niña.
– Eso es parte de nuestro problema.
La invadió una fuerte decepción. Pero ya se lo esperaba. Lanzó su segunda andanada.
– Entonces acuéstate conmigo. Ahora. Esta noche.
Él se quedó inmóvil. Ella percibió cómo apretaba los labios, el ligero aleteo de la nariz. Dio un paso hacia él. Había dado en el blanco.
– Quiero que lo hagas.
– ¿De verdad?
– No quiero seguir así. -Respiró hondo-. Acaríciame.
El no se movió, pero podía sentir la tensión en su cuerpo.
– Nunca me tocas.
– Hay una buena razón -dijo él de manera densa.
Ella se acercó más, le cogió la mano y se la llevó al hombro. La notaba cálida y fuerte a través de la seda de su vestido. Sintió un estremecimiento de temor mezclado con un extraño y ardiente cosquilleo.
– He visto copular a hombres y mujeres en la Casa de Nicolás cuando era una niña. Un momento de placer y ya. Sé que no significará nada para ti.
