
– ¿Preparada? Estoy harta de esa palabra. Ahora o nunca. No voy a esperar a tu conveniencia. Me marcharé. Me casaré con lord Douglas, o con Kenneth, o… -Le dio la espalda-, Te odio, Kadar.
– No, no me odias.
Efectivamente, no lo odiaba. Ojalá lo odiara, pero el vínculo de tantos años era demasiado fuerte. Le brillaban los ojos por las lágrimas cuando lo miró por encima del hombro.
– Espera y verás. Aprenderé a odiarte.
El sonrió con tristeza.
– Pero eso me rompería el corazón.
– Nada puede romperte el corazón.
– Tú puedes. Por eso debo tener paciencia.
– Que el cielo maldiga tu paciencia.
– En realidad el cielo la aplaude. No es frecuente que un pecador abrace tanta virtud.
– No tiene sentido. ¿Por qué?
– Ten fe. No confías en mí. Necesito tu confianza desesperadamente.
– Confío en ti.
Él negó con la cabeza.
– Tú no confías en nadie. A excepción quizá de Thea. Quieres hacernos creer a los demás que confías en nosotros.
– Te equivocas.
– Tengo razón. Recibiste lecciones muy duras en la Casa de Nicolás. Una de ellas fue la falta de confianza. -Sonrió y dijo con delicadeza-: Pero yo merezco tu confianza. He dedicado un buen número de angustiosos años en ganármela. Después de la vida que he llevado, me sorprende que me importe tanto tu fe ciega en mí. Pero lo quiero todo de ti, Selene. No me conformaré con menos.
Ella lo fulminó con la mirada.
– ¿Y se supone que tendré que esperar hasta que consideres que te merezco?
– Se supone que tienes que permitirme enseñarte que soy un hombre en quien puedes confiar. -Bajó la voz a un tono de amenaza velada-. Pero te diré lo que no tienes que hacer. No sonreirás a ninguno de esos pobres diablos que están ahí dentro. Me enerva en grado sumo. Y si dejas que cualquiera de ellos te roce siquiera otra vez, no seré tan indulgente como lo he sido con lord Douglas.
