
– Tú no me das órdenes. Haré lo que me plazca. -Salió corriendo como un torbellino y subió los escalones hacia el salón.
Se detuvo tras una columna rota por el dolor. Maldito seas. Todos sus esfuerzos no habían servido para nada. ¿Por qué él no…?
– ¿Selene? -Thea se encontraba a su lado-. ¿Estás bien?
No, no estaba bien. Estaba enfadada y frustrada, y le dolía todo el cuerpo. Procuró sonreír.
– Desde luego que estoy bien. ¿Qué te hace pensar lo contrario?
– Por ejemplo las lágrimas que corren por tus mejillas -respondió Thea secamente.
– Tonterías. Yo nunca lloro. -Pero sabía que ahora lo estaba haciendo. Mira lo que había conseguido este idiota testarudo-. Se me habrá metido algo en el ojo.
Thea asintió.
– Bueno, ven a mi habitación y te ayudaré a sacártelo. -Empujó a Selene suavemente hacia las escaleras de piedra que se dirigían a sus aposentos-. No puedes volver a la fiesta de este modo.
No quería encontrarse con nadie. Deseaba irse a la cama y ponerse a dar puñetazos en la almohada para olvidar a Kadar y sus estupideces. Sin embargo, eso sería una victoria para él. Haría precisamente lo que él le había ordenado no hacer. Acompañaría a Thea y se lavaría los ojos, se pellizcaría las mejillas para sacarles color y bajaría para hacerle saber a Kadar que no le importaba nada de lo que le había dicho.
Bueno, es posible que no hablara dulcemente con ninguno de los hombres del salón. No tenía por qué, y tampoco era justo para ellos sabiendo ahora que Kadar había dado un aviso. Pero bailaría, reiría y le demostraría que le importaba un bledo su… Virgen Santa, ¿por qué no podía dejar de sufrir?
Thea abrió la puerta.
– Siéntate en la banqueta. -Se dirigió hacia la palangana y humedeció un paño-. No tardaré nada. ¿De qué ojo se trata?
Selene se dejó caer en el asiento.
– Las dos sabemos que no tengo nada en el ojo.
