– Está bien. Ella y lord Douglas acaban de abandonar el salón y salieron al patio.

¿Cómo lo sabía? A veces parecía que Kadar tenía ojos en la espalda.

– Kadar, no…

Él se inclinó.

– Con tu permiso, iré por ella y la traeré.

– Kadar, no quiero violencia esta noche.

– Descuida, no derramaré sangre en las preciosas alfombras nuevas. -Avanzó hacia el patio-. Aunque las piedras del patio se limpian fácilmente.

– ¡Kadar!

– No me sigas, Thea. -Su voz era suave pero inflexible-. Mantente al margen. Esto es lo que ella quiere, por lo que lleva provocándome toda la noche. ¿No te das cuenta?


¿Dónde estaba Kadar?, se preguntaba Selene impaciente. Llevaba ahí fuera más de cinco minutos y todavía no había aparecido. No sabía cuánto tiempo podría retener a lord Douglas antes de llevarlo de vuelta al salón. Era un joven pesado y aburrido, y se había escandalizado cuando ella le sugirió salir al patio.

– Hace una noche maravillosa. Me siento mucho mejor ahora que he tomado un poco de aire fresco.

Lord Douglas parecía incómodo.

– Entonces deberíamos volver dentro. No creo que a lord Ware le parezca bien que estemos aquí solos. No es apropiado.

– Enseguida. -¿Dónde estaba? Había estado sintiendo su mirada durante toda la noche. Habría visto…

– El sarraceno nos vigilaba -dijo lord Douglas-. Estoy seguro de que se lo contará a lord Ware.

– ¿El sarraceno? -Ella lo miró a la cara-. ¿Qué sarraceno?

– Kadar Ben Arnaud. ¿No es un sarraceno? Así lo llaman ellos.

– ¿Quiénes son ellos?

Él se encogió de hombros.

– Todo el mundo.

– La madre de Kadar era armenia, su padre era franco.

Él asintió.

– Un sarraceno.

Debería haberla divertido que hubiera colocado a Kadar, que nunca podía ser etiquetado, en un nicho tan estrecho. Pero no le parecía gracioso. Le molestó enormemente el tono ligero y condescendiente de su voz.



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