– ¿Por qué no le llamas franco como su padre? ¿Por qué sarraceno?

– Simplemente parece… No es como nosotros.

Se parece a un sarraceno lo mismo que una pantera a una oveja o un diamante a una piedra llena de musgo, pensó furiosa.

– Kadar es uno de nosotros. Mi hermana y su marido lo consideran un hermano.

– No estaría tan seguro. -Parecía ligeramente sorprendido-. Aunque estoy convencido de que es bueno en lo que hace. Estos sarracenos son buenos marineros, y él comercia con tus sedas, ¿no es así?

Sentía ganas de abofetearlo.

– Kadar es mucho más que simplemente el capitán de nuestro barco. Es parte de Montdhu. Estamos orgullosos y nos sentimos afortunados de tenerlo entre nosotros.

– No era mi intención hacerte…

Ella dejó de prestarle atención.

Kadar se estaba acercando.

Sabía que la seguiría. Aun así, Selene reprimió un salto de alegría cuando lo vio aparecer por la puerta. Bajaba por las escaleras deliberadamente despacio, sin prisa. Eso no era bueno. No era la respuesta que esperaba de él. Se acercó un paso hacia lord Douglas y se tambaleó.

– Creo que todavía me siento un poco mareada.

Él instintivamente le puso una mano en el hombro para sujetarla.

– Quizá debería llamar a lady Thea.

– No, quédate…

– Buenas noches, lord Douglas. -Kadar se dirigía hacia ellos-. Creo que aquí fuera hace demasiado frío para Selene. ¿Por qué no vas a buscar su capa?

– Estábamos a punto de entrar -se apresuró a decir Lord Douglas-. Lady Selene se sentía algo indispuesta y…

– ¿Indispuesta? -Kadar arqueó las cejas y se detuvo junto a ellos-. A mí me parece que está perfectamente.

«Él no es como nosotros», había dicho Douglas.

No, en realidad no había ningún hombre como él entre todos los que habían acudido a honrar a Ware esa noche.



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