Al soldado y al mulero se les encontró acomodo en el establo con las bestias. Ésta es una pequeña localidad de apenas doscientas almas que viven de lo que da el campo, del ganado y, algunos, del trasiego de mercancías con el cercano reino de Francia. En invierno, la actividad se reduce al mínimo. Más arriba se ve otro pueblo llamado Cerler. Me hubiera gustado visitarlo, pero, según me cuentan, el camino que comunica con dicha localidad está cerrado por la nieve. Quizá pueda hacerlo en primavera. A pesar de todo, los lugareños se mueven por la zona con cierta facilidad, sobre todo unos que llaman recaderos que van de una granja a otra o de este pueblo a aquel y no se arredran por la nieve o el mal tiempo, ya que conocen todos los caminos y los mejores pasos.

Muchos fueron los parroquianos que pasaron por la posada a echar unos vinos, más para inspeccionar a los extranjeros que para otra cosa, por lo que no me resultó difícil identificar a nuestro hombre, sobre todo pagando jarras de cerveza a unos y otros. Hace dos años llegó un forastero y compró unas tierras más arriba, en el remoto valle de Estós. Tomó como guardas a un matrimonio del lugar que subieron con él para ayudarle en las tareas agrícolas y en el manejo del ganado. Habitan una casa junto a la suya.

Estos pobres lugareños se quedaron sin sacerdote allá por noviembre, ya que el cura se les murió de una infección -las malas lenguas dicen que del mal francés-. Tienen una pequeña iglesia dedicada a san Pedro y llevaban más de tres meses sin oír misa y sin confesarse o comulgar. Una comitiva de cinco vecinos vino a verme y me rogaron que atendiera sus almas; vamos, que me habían descubierto como hombre de iglesia. Son más listos de lo que parece, así que, una vez perdido el factor sorpresa, entendí que no era útil seguir fingiéndome seglar, por lo que celebré misa y les escuché en confesión.

Una parroquiana a la que confesé, la cual pecaba con el hermano de su marido, me proporcionó la información que me faltaba: nuestro hombre, el forastero, no tiene mujer ni se le conoce. Se sabe que tiene buena bolsa, pues llegó, buscó un terreno de su agrado y lo compró sin regateos. Adquirió una docena de vacas de las buenas y un toro excelente; tampoco escatimó gastos para construir su casa ni para hacerse con saludables gallinas, conejos y ovejas.



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