Tras una hora y media de camino llegaron a una pequeña planicie, una suerte de ensanchamiento en el cerrado camino siempre rodeado de verde espesura. A la derecha se adivinaban tres construcciones, una especie de gran establo y dos casas de madera, una de ellas más grande y la otra de dimensiones más reducidas. Según dijo el guía, esta última era la de los guardas, Matías y Eufrasia.

Un enorme mastín ladraba atado a la valla de un corral.

El lugareño que les asistía en aquella misión bajó de su muía y se encaminó hacia la más pequeña de las viviendas. Un hombre de talle recio y rostro coloradote salió de la misma e intercambió saludos con el recién llegado. Enseguida, tras hablar con el guía, se dirigió hacia la pequeña comitiva formada por cuatro extranjeros. La mujer apareció bajo la puerta de su casa y permaneció expectante.

– Síganme sus eminencias -dijo Matías a los recién llegados sin distinguir al diácono de sus sirvientes.

Silvio de Agrigento descabalgó e indicó a sus subordinados que hicieran lo mismo.

Mientras Matías llamaba a la puerta de la casa de su amo, el enviado de Roma echó un vistazo a las altas y nevadas cumbres que rodeaban aquel valle. Percibió una intensa sensación de paz.

En un momento, el guarda de aquella alejada finca dijo:

– Pasad, pasad.

El mulero quedó fuera con las bestias mientras el sargento y Tomás acompañaron a su amo al interior de la confortable casa de madera instalada sobre recios cimientos de piedra. Un hombre permanecía sentado frente a un acogedor y cálido fuego. Leía un libro de pequeño tamaño, quizás un breviario.



6 из 236