Se lo podía tomar por un roña: chaqueta de terciopelo negro, mugrienta; sin camisa; pantalones yin negros remaduros… hasta en la oscuridad se notaba. Estaba descalzo; y la única forma de saber en una calle oscura que alguien ha andado descalzo por Nueva York durante días y días es saberlo de antemano. Cuando llegábamos a la esquina, levantó la cabeza y me sonrió a la luz del farol y se ajustó la chaqueta por, sobre las costras y costurones que le surcaban el pecho y el estómago. Los ojos eran verdísimos. ¿Lo reconoces? Si por una de esas fallas de la red de información a través de los mundos y mundillos no lo has reconocido, te diré, caminando a mi lado a la orilla del Hudson iba Halcón el Cantor.

—Eh, ¿cuánto hace que estás de vuelta?

—Unas pocas horas —le dije.

—¿Qué has traído?

—¿De veras quieres saber?

Hundió las manos en los bolsillos y echó atrás la cabeza con insolencia.

—Seguro.

Yo bufé como un adulto irritado por un chiquillo.

—Está bien. —Habíamos caminado una cuadra por la ribera; no había nadie por allí.—Siéntate.

—Se sentó a horcajadas en la viga costanera, balanceando un pie sobre la reluciente negrura del Hudson, Me senté frente a él y pasé el pulgar por el borde del maletín.

Halcón encorvó los hombros y adelantó el torso.

—A la flauta… —Me acribilló a mudas preguntas verdísimas.— ¿Puedo tocar?

Me encogí de hombros.

—Date el gusto.

Toqueteó con dedos que eran puro nudillo y uña comida. Tomó dos, las volvió a dejar, tomó tres.

—¡A la flauta! —murmuró—. ¿Cuánto puede valer todo esto?

—Unas diez veces más de lo que espero conseguir, Tengo que sacármelas de encima cuanto antes.

—Miró el pie que se balanceaba sobre el agua.

—Siempre te queda el recurso de tirarlas al río.

—No seas pesado. Andaba buscando a un tipo que solía rondar por el bar.



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