Era muy eficiente.—Y por el medio del Hudson una chata-aliscafo rozó la espuma. Sobre su cubierta estaban posados una docena de helicópteros, destinados a la Base Patrullera cercana al Verrazano, sin duda. Pero por algunos momentos miré ahora al muchacho, ahora al transporte, lleno de sentimientos paranoides a causa de Maud. Pero la barca se perdió con un zumbido en la oscuridad.—Esta noche me lo hicieron picadillo.

Halcón metió las puntas de los dedos en los bolsillos y cambió de posición.

—Lo cual me deja en la estacada. No pensé que se quedaría con todas pero al menos me hubiera mandado a otra gente que quizá sí.

—Esta noche voy a una fiesta —hizo una pausa para mordisquearse el resto de la uña del meñique— donde tal vez puedas venderlas. Alex Spinnel da una fiesta en honor de Regina Abolafia en la Cúpula.

—¿La Cúpula…?

Hacía tiempo que no parrandeaba con Halcón.

A las diez Caldera del Diablo; Cúpula a medianoche..

—Yo voy porque va a estar Edna Silem.

Edna Silem es la decana de las Cantoras neoyorkinas.

El nombre de la senadora Abolafia ya me habia pasado por los ojos esa noche en una cinta de luz. Y en alguna de las interminables revistas que me tragué cuando volvía de Marte, recuerdo el nombre de Alexis Spinnel asociado a un párrafo que hablaba de una cantidad fabulosa de dinero.

—Me gustaría volver a ver a Edna —dije con displicencia—. Pero ella no se va a acordar de mí— La gente como Spinnel y su clase tiene su jueguito, y yo lo descubrí durante la primera etapa de mi amistad con Halcón. El que puede reunir bajo un mismo techo la mayor cantidad de Cantores de la Ciudad, gana. Hay cinco Cantores en Nueva York (comparte el segundo puesto con Lux de Iapetus). Tokio va a la cabeza con siete —¿Es una fiesta de dos Cantores?

—Más bien de cuatro… si voy yo.

El baile inaugural del alcalde tiene cuatro.



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