
La ausencia de ruido a mis espaldas me hizo volver la cabeza…
* * *
Vestía una funda transparente ceñida en el cuello y las muñecas por grandes prendedores de bronce (oh tan exquisitamente al borde del buen gusto); tenía e1 brazo izquierdo desnudo, el derecho cubierto por una gasa que era como vino. Se desenvolvía mucho mejor que yo. Sin embargo, una demostración tan ostentosa de que uno reconocía a primera vista las cosas buenas estaba absolutamente fuera de lugar en este bar. La gente hacía gran alarde de no reparar en ella.
Ella señaló su muñeca, la uña rojo-sangre apuntando a un fragmento amarillo-naranja en la garra de bronce de su brazalete.
—¿Sabe usted lo que es esto, señor Eldrich? —preguntó, al mismo tiempo el velo que le cubría el rostro se aclaró, y sus ojos eran de hielo, sus cejas, negrísimas.
Tres pensamientos: (Uno) Era una dama elegante, porque al volver de Bellona había el artículo del Delta.sobre “telas evanescentes'' cuyos matices y opacidad eran controlados por medio de joyas ingeniosamente disimuladas en las muñecas. (Dos) Durante mi último viaje aquí, cuando era más joven y Harry Calamine Eldrich, no hice nada demasiado ilegal (aunque uno le pierde el rastro a estas cosas); de todos modos no creía que bajo ese nombre pudieran arrastrarme a un calabozo por más de treinta días. (Tres) La piedra que ella señalaba…
—…¿Jaspe? —pregunté.
Ella esperó que yo dijese algo más; yo espere que ella me diese motivos para soltar que yo sabía lo que ella estaba esperando (cuando yo estaba en la cárcel mi autor favorito era Henry James. De veras).
—Jaspe —confirmó.
—Jaspe…
Volví a instaurar la ambigüedad que tanto se esforzara ella por disipar.
—…Jaspe…
Pero ya empezaba a titubear, sospechando que yo sospechaba que su certeza era infundada.
