
Se convenció a sí mismo de que todo quedaba reducido a un simple factor: no deseaba huir y escapar del Anzuelo, le gustaba quedarse allí, no deseaba salir… Pero aquello le había causado una lucha interior que duraba meses. Y había llegado a la decisión final. Llegado el momento, se iría. No importaba cuánto deseaba quedarse, tiraría todas las cosas por la borda y huiría. Godfrey Stone, en su desesperada huida, le había hecho una llamada, no de ayuda, sino de aviso.
—Shep — le había dicho, con voz sollozante y entrecortada, como si se hallase corriendo desesperadamente —. Shep, escucha y no me interrumpas. Si alguna vez comienzas a sentirte enajenado, márchate en el acto. No esperes ni un minuto más. Márchate sin pensarlo. — Y el receptor cayó sobre el aparato telefónico. Aquello fue todo.
Blaine recordaba cómo había permanecido allí, todavía con el teléfono en la mano.
—Sí, Godfrey — había respondido, aun sabiendo que al otro extremo sólo existía el silencio —. Sí, Godfrey, lo recordaré. Gracias y buena suerte.
Y no había mediado ni una sola palabra más de nuevo. Jamás había vuelto a saber nada de Godfrey Stone.
«Si llegas a enajenarte…», le había dicho Stone. Y ahora se hallaba a sí mismo convertido en un ser enajenado, extraño, ya que podía sentir la extrañeza de una fantástica criatura cósmica de otro mundo, arrinconada en un escondite secreto de su cerebro. Allí estaba la advertencia, materializada ahora de su amigo Stone. Pero, ¿qué habría ocurrido con los otros? Ciertamente que no habrían encontrado el Color de Rosa, como él, a cinco mil años luz de distancia. ¿Cuántos otros caminos podrían convertir a un hombre en un ser enajenado?
