
El Anzuelo sabría que él ya lo era. No había forma de poder ocultarlo, de disimularlo. Lo sabrían en cuanto pasaran los registros de la máquina estelar y le pondrían inmediatamente bajo estrecha custodia, vigilándole constantemente, ya que conocerían el hecho de haberse enajenado, aunque no se calcularan, ni el alcance, ni la manera en que se había vuelto un ser de otro mundo. Su vigilante secreto podría hablarle amistosamente, incluso con simpatía, tratando de arrancarle de su cerebro el elemento extraño insertado, para descubrir lo que pudiera ser.
Llegó al ascensor y cuando tocaba el botón, se abrió una puerta del hall.
—¡Oh, Shep, es usted! — dijo el hombre que apareció en la puerta —. Le oí bajando al hall. Me imaginaba quién podría ser…
Blaine se volvió hacia el ascensor.
—Sí, claro, es que me marchaba en este momento.
—¿Por qué no viene usted un momento?— le invitó Kirby Rand —. Es una ocasión excelente para abrir una botella y tomarse un trago.
No era momento de vacilaciones. O aceptaba la invitación de tomarse una o dos copas o se marcharía con cualquier excusa cortés. Y de ser así Rand entraría en sospechas, ya que la sospecha era el oficio de Rand. Era el jefe de seguridad del Anzuelo.
—Gracias — repuso Blaine tan naturalmente como pudo —. Por poco tiempo. Hay una chica por medio. Y no deberé dejar que me espere…
«Aquello — pensó Blaine — sería la mejor forma de bloquear una excesiva detención bebiendo y charlando, o que surgiera la invitación para cenar o ir a algún espectáculo» Oyó subir el ascensor; pero se apartó, no tenía más remedio que aceptar. Mientras pasaba a la oficina de Rand, éste le golpeó en el hombro con aire campechano. —¿Un viaje feliz, eh?
—Sin el menor inconveniente.
—¿Muy lejos?
—Sobre unos cinco mil…
Rand movió la cabeza de un lado a otro.
