
—Supongo que es una tontería preguntar eso — dijo—. Todos viajan ahora a grandes distancia. Hemos ido terminando las exploraciones más cercanas. Tras otros cien años a partir de ahora, y tendremos que hacerlo a diez mil años luz.
—Bah, no hay gran diferencia — repuso Blaine —. Una vez que se proyecta la mente, allá se va y la distancia no es ningún factor de importancia. Quizá más tarde se sufra algún retraso, a medio camino de la Galaxia; pero incluso entonces, cuando eso llegue, ni siquiera puede que ocurra.
—Los teóricos de casa dicen que no… — dijo Rand.
Se dirigió a través de la oficina hacia el macizo mueble que le servía de biblioteca y de uno de los compartimientos extrajo una botella que destapó.
—Usted ya sabe, Shep — continuó Rand — estamos metidos en un asunto fantástico, que queremos llevar adelante a grandes saltos, aunque a veces se convierta en una cosa aburrida para nosotros. Pero la fantasía siempre sigue teniendo su cabida en todo ello.
—Sí, precisamente porque llega tarde a nosotros — comentó Blaine —. Quizá será porque forzamos nuestra capacidad demasiado, a veces. Tenemos en nosotros todo el tiempo y nunca lo habíamos usado. Porque no era una cosa práctica, sino más bien algo fantástico. Porque no quisimos realmente creer en él. Los antiguos se aferraron al borde; pero no supieron comprenderlo. Pensaron que aquello sería lo mágico.
—Y eso es lo que todavía cree mucha gente — insinuó Rand.
Rand llenó dos vasos, puso en su interior unos trocitos de hielo del refrigerador incrustado en la pared y alargó uno a Blaine.
—Bebamos.
Rand se dejó caer en un cómodo sillón próximo a donde se hallaba.
—Siéntese, Shep — dijo a Blaine —. No creo que tenga demasiada prisa. Y permaneciendo de pie, creo que pierde algo del placer de beberse este trago.
Blaine tomó asiento.
Rand puso los pies por encima de la mesa y se echó hacia atrás confortablemente.
