¡No pierdas más de veinte minutos!

Y allí sentado, con el vaso en el hueco de la mano, en el segundo que medió de silencio antes de que Rand volviese a hablar, Blaine pareció sentir una vez más que podía sentir el pulso de aquella cosa gigantesca que era el Anzuelo, asentado en la tierra madre, al norte de Méjico, como si tuviese corazón, pulmones y un sistema circulatorio palpitante viviente, que él pudiese escuchar y percibir claramente.

A través de la gran mesa de despacho, Rand hizo una mueca que quiso aparecer de graciosa genialidad.

—Ustedes son unos tipos que lo pasan en grande — dijo —. Yo les envidio muchas veces…

—Es un oficio — repuso Blaine.

—Usted estuvo hoy a cinco mil años luz de distancia Y habrá podido obtener alguna cosa de semejante experiencia.

—Supongo que habrá sido como una especie de satisfacción — contestó Blaine —. La excitación intelectual de conocer donde esta uno. Actualmente, es como si hubiera uno conseguido también algo de otra vida distinta.

—Cuente, cuéntemelo — insistió Rand.

—No es cosa que pueda contarse. Encuentro esto, cuando el tiempo va corriendo. No pude tener oportunidad alguna para hacer nada, hasta que fui traído de regreso. Debería usted también comprobar algo de eso, Kirby.

Rand sacudió la cabeza.

—Me temo que no esté a mi alcance — repuso Rand.

—Creo que el tiempo límite que se emplea no debería ser tan arbitrario. Se mantiene a un hombre la totalidad del tiempo de la experiencia, treinta horas exactamente, como a mí en este último viaje mental, y se le hace volver, sin razón aparente alguna, cuando se encuentra al borde mismo de hallar algo interesante.

Rand hizo un gesto hacia Blaine.

—No me diga usted que no puede actuar como quiera — insistió Blaine —. Y no pretenda que eso es imposible. El Anzuelo tiene docenas de científicos, clasificados y adiestrados en sólidas filas…



14 из 248