—De todos modos — repuso Blaine en voz alta —, no veo cuál sea la finalidad de todo eso, no dándonos tiempo suficiente para nuestro propio empleo, fuera del control de la máquina. Podríamos…

—Y no veo tampoco por qué tendrían ustedes que preocuparse — interrumpió Rand —. Volverá usted a su precioso planeta. Puede usted recomenzar por donde ahora ha terminado.

—Ah, sí, claro, por supuesto, volveré de nuevo. Lo encontré yo, ¿no es cierto? Eso me concede una cierta propiedad.

Blaine acabó la bebida, puso el vaso sobre la mesa e hizo intención de marcharse.

—Bien, me marcho — dijo —. Gracias por la bebida.

—Encantado, Shep — repuso Rand —. No puedo retenerle más tiempo. ¿Volverá mañana?

—A las nueve en punto — contestó Blaine.

IV

Blaine pasó a lo largo de la enorme y ornamentada entrada que daba a la gran plaza, donde en circunstancias ordinarias se habría detenido para tomarse unos cuantos tragos, en aquella interesante parte del día. Las lámparas callejeras aparecían como suaves globos de luz y los árboles murmuraban contra la brisa del crepúsculo. Los paseantes, sobre las aceras, daban la impresión de sombras escurridizas y los coches se deslizaban rápidos con una prisa sin respiro; pero sin ruido, muy quietamente. Sobre todo aquello parecía suspenderse la magia de una noche de otoño.

Blaine se dirigió hacia el aparcamiento de coches.

«Concédeme diez minutos más», se dijo a sí mismo, como si fuese una plegaria. Con aquel lapso de tiempo de diez minutos, existían una docena de sitios en donde podría esconderse para ganar un espacio de respiro, pensar y hacer planes. De todos modos, sin coche a la mano, no había planes posibles. Y habría tenido esos diez minutos, sencillamente, con la suerte de no encontrarse a nadie que hubiera podido reconocerle.



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