
Se apartó del árbol permaneciendo erecto y rígido a su lado, forzándose a sí mismo a permanecer entero contra la debilidad que le invadía y le había convertido en un pelele con piernas de goma. Sintió la helada sensación de un sudor frío que le brotaba por todos los poros y se sintió jadear desfallecido como el hombre que acaba de terminar una larga y agotadora carrera. ¿Cómo podría correr y ocultarse? — se dijo a sí mismo —. ¿Cómo huir, escapar, llevando a aquel mono sobre su espalda?» Para él mismo, solo, ya era difícil problema. Pero no podría esperar poder hacerlo, si tenía además que arrastrar a aquel aterrorizado y gimiente ser extraño que portaba dentro de sí. Pero no había forma de deshacerse de aquello, ningún medio que entonces conociera para sacudirse de ello. Estaba prendido, ensartado en común con aquello y tenía que huir, fuera como fuese, por el procedimiento que tuviera a su alcance.
Se alejó del árbol y continuó acera adelante; más despacio aunque con menos seguridad, tratando de regañar algún ánimo, de inyectar alguna fuerza en sus piernas que le temblaban. Unos instantes después, se dio cuenta de que tenía un apetito de cuervo. Se maravilló de no haberse dado cuenta antes ya que, excepto el vaso de leche, no había tomado alimento alguno desde hacía treinta horas. Sólo había permanecido en reposo… un reposo profundo, en un sueño sin alteraciones; pero sin pizca de alimento.
Los coches pasaban rápidamente con el zumbido de sus tubos reactores y el murmullo suave de sus motores nucleares, trabajando en una frecuencia baja de sonido.
Uno de ellos enfiló la curva que había ante él y se detuvo, mientras que una cabeza se asomaba al exterior para saludarle.
