
—¡Shep! ¡Qué suerte! Esperaba poder encontrarte…
Blaine permaneció quieto un instante, sintiendo otra vez que el terror cósmico extraño a su mente se levantaba de nuevo, teniendo que hacer un terrible esfuerzo para hacerlo volver a su punto de origen. Dominó la voz y luchó por conservarse sereno en apariencia.
—Hola, Freddy — dijo —. Hacía mucho tiempo que no te veía.
Se trataba de Freddy Bates, hombre sin ocupación conocida, aunque se tenía entendido, de una forma vaga, que representaba a algo o a alguien en la ciudad, donde casi todo el mundo era un cabildero, representante o agente secreto.
Freddy abrió la puerta.
—Vamos, entra — dijo —. Iremos a una fiesta.
«Aquello podía ser la solución», pensó Blaine. Sí, aquella fiesta podía ser el principio para ir a donde Blaine se proponía. Era mejor que cualquier otro medio de los que tenía hasta el momento en la cabeza. El Anzuelo, seguramente, no podría pensar en un millón de años, en encontrarle en una fiesta particular. Y, además, una fiesta íntima era el lugar ideal para escurrir el bulto. Habría, como en todas, mucha gente que ni siquiera se fijaría en él y que desde luego no tendría la menor noción de que se hubiese podido marchar en un momento determinado. Y allí habría, en última instancia, algún coche que tuviese la llave de ignición dejada por olvido en su lugar. Y habría alimento en abundancia, ya que por el momento lo que necesitaba era comida.
—Vamos — dijo Freddy nuevamente —. Es una de las fiestas de Charline.
Blaine se deslizó en el interior del coche. La puerta se deslizó suavemente, cerrándose, y Freddy dirigió el coche en el torrente de tráfico de aquella hora.
—Le dije a Charline — continuó Freddy — que una fiesta no podría serlo del todo, a menos que no apareciesen elementos del Anzuelo. Ahora podré llevarle a un personaje del Anzuelo.
—Estás bromeando, Freddy — repuso Blaine —. Yo no soy ningún personaje.
