La ciudad era una colmena de intrigas, de murmullos y de rumores, llevados y traídos por los «representantes», agentes activos y falsos diplomáticos de secretos intereses. Y aquel caballero de aspecto respetable que se hallaba recostado en el butacón frente a él, venía allí para establecer su protesta formal contra algún nuevo ultraje perpetrado sobre cualquier grupo comercial poderoso, a causa de cualquier nueva empresa del Anzuelo.

Dalton volvió a retreparse en el butacón. Sacó un nuevo cigarro y tiró el otro, destrozado. Sus cabellos volvieron a caerle sobre la frente como si nunca hubieran conocido un peine.

—Dice usted que no está metido en la política — continuó —. Creo recordar que me dijo en alguna ocasión que era un viajero del espacio.

Blaine afirmó con la cabeza.

—Eso significa que sale usted al espacio cósmico y visita otras estrellas.

—Supongo que así es.

—Entonces, usted es un parakino.

—Suponía que emplearía usted esa palabra al referirse a mí; pero debo advertirle con toda franqueza que tal nombre no suele emplearse regularmente entre la sociedad educada.

La respuesta se perdió en Dalton. Era un hombre inmune a toda vergüenza.

—Bien, ¿cómo podría decirla entonces?

—Realmente, señor Dalton, yo no puedo explicárselo.

—¿Y va usted solo?

—Bien, no completamente solo. Tomo conmigo una registradora.

—¿Una registradora?

—Sí, una máquina que lleva mecanismos de registro, altamente miniaturizados, por supuesto, y que conserva informes y registros de cualquier cosa que pueda ser vista.

—¿Y esa máquina viaja con usted…?

—No, no lo comprende. Yo la llevo conmigo, al igual que usted sale de su casa con una cartera de negocios.



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