
—Entonces, ¿viajan juntas su mente y esa máquina?
—Exactamente, sí señor. Mi mente y esa máquina.
—¡No me diga!
Pero Blaine no se molestó en volver a responderle.
Dalton tomó el cigarro, que tenía nuevamente destrozado por todas partes de mordisquearlo furiosamente, y lo tiró por un rincón, intentando meterlo dentro de una papelera.
—Y volviendo a lo que estábamos hablando antes — continuó Dalton, con tono solemne y pontifical —. El Anzuelo posee todas esas cosas de mundos extraños y supongo que estarán en su derecho. Comprendo que las comprueben completamente, antes de ponerlas en el mercado. No habría nada malo que pensar contra ellos, no señor, en absoluto, si esas mercancías, esos artículos los enviasen a los mercados a través de los sistemas regulares del comercio. Pero ellos no lo hacen. No permiten de ningún modo a nadie que venda nada. Ellos tienen su propio sistema y para añadir insulto a la injuria de su conducta, llaman a sus establecimientos de negocios Puestos Comerciales. ¡Vamos, como si estuviesen tratando con un puñado de salvajes!
Blaine sonrió entre dientes. —Hace ya tiempo que alguno, en el Anzuelo, tuvo que haber tenido un marcado sentido del humor. Créame, señor Dalton, es una cosa dura de creer.
—Artículo tras artículo — continuó Dalton irritado —, están contribuyendo a arruinarnos. Año tras año están suprimiendo o cancelando comodidades para las que existía una demanda. Es como un proceso de erosión que nos está aniquilando. No es una amenaza brutal, es más bien una segura y lenta destrucción. Y ahora he oído decir que piensan abrir al público su sistema de transporte. Y ya podrá imaginarse la catástrofe que eso acarrearía al viejo sistema comercial.
—Sí, ya lo supongo — dijo Blaine —. Con eso se pondría fuera de la circulación a los carreteros y a cierto número de líneas aéreas.
—Usted sabe muy bien que eso ocurriría. No existe sistema alguno de transporte que pudiese competir con el sistema teleportador.
