—Creo — repuso Blaine — que la respuesta sería que usted montase por su cuenta un sistema teleportador también. Hace años que ha podido hacerlo. Ha podido usted echar mano de mucha gente que ya no está con el Anzuelo y que le habría enseñado a establecerlo.

—¡Chiflados, fanáticos! — repuso Dalton con repugnancia.

—No, Dalton, nada de chiflados ni de fanáticos. Sólo gentes como las demás que tienen poderes paranormales y que pusieron al Anzuelo en el lugar que hoy ocupa, esto es, los verdaderos poderes que usted ahora admira en el Anzuelo y que usted deplora, en cambio, entre la demás gente, su propia gente.

—No nos atreveríamos — contestó Dalton —. Existe una situación social.

—Sí, ya sé — añadió Blaine —. La situación social. La que acaba crucificando a las gentes sencillas y felices.

—El clima moral resulta confuso a veces.

—Sí, claro, debía haberlo imaginado — concluyó Blaine.

Dalton tomó nuevamente el cigarro y lo miró con disgusto y repugnancia. Estaba apagado por un extremo y machacado por el otro. Tras vacilar un momento, acabó por tirarlo sobre una maceta de una planta exótica. Se echó hacia atrás y se puso las manos sobre el vientre, en actitud beatífica esta vez, y se puso a mirar contemplativamente el techo.

—Señor Blaine — dijo pausadamente.

—¿Sí?

—Usted es un hombre de gran discernimiento y de integridad. Y que además siente una gran impaciencia de pensamientos y de ideas. Me ha batido usted rápidamente al tratar de dos materias de conversación y me gustaría saber cómo lo ha conseguido.

—Estoy a su disposición.

—¿Cuánto le paga esa gente?

—Bastante — fue la fría respuesta de Blaine.

—Es una expresión demasiado vaga lo de bastante. Yo nunca he visto a un hombre…



27 из 248