—Si está tratando de comprarme, es que debe hallarse fuera de sus cabales.

—No se trata de comprarle. Digamos, alquilarle. Usted conoce los pros y los contras del Anzuelo. Usted conoce a mucha gente, y en capacidad consultiva usted es un hombre inestimable. Deberíamos discutir esto…

—Perdone, señor — dijo Blaine —. Pero yo soy totalmente inútil para usted. Bajo las presentes circunstancias, no le prestaría el menor servicio.

«Ya permanecía demasiado tiempo allí», pensó Blaine. Había comido, bebido y charlado con Dalton. Y entonces, lo que necesitaba urgentemente era marcharse y desaparecer.

Se oyó el susurro de un tejido de mujer y una mano se puso sobre su hombro.

—Shep — dijo Charline Whitier —, ha sido encantador por tu parte el que hayas venido.

Blaine se levantó y saludó a la chica.

—Y de tu parte, también, el invitarme.

Ella parpadeó vivamente.

—¿Es que te he invitado realmente?

—No — respondió Blaine —. Seamos honrados. Freddy me trajo. Espero que no te haya importado.

—Ya sabes que siempre eres bienvenido a mi casa. — Y con la mano apretó el brazo de Blaine — Hay alguien a quien debes conocer. Nos perdonará usted, señor Dalton…

—No faltaba más. Y la chica se llevó a Blaine.

—Creo que esto es algo rudo por tu parte, Charline — dijo Blaine.

—He venido a rescatarte — le dijo la chica —. Es un tipo temible. No sé cómo ha llegado hasta aquí, ya que estoy segura de no haberle invitado.

—¿Quién es exactamente? — le preguntó Blaine —. Me temo que jamás llegaría a comprenderle.

Ella se encogió de hombros.

—Es la cabeza rectora de cierta delegación de importantes negocios. Viene aquí para tratar sus penas hacia el Anzuelo.

—Sí, ya lo ha dejado entender bien claro. Se muestra airado y de lo más desgraciado.

—Todavía no has tomado ningún trago, querido — insinuó Charline.



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