
Y entonces sintió el vivo agitarse de su organismo, recogido por los impulsos electrónicos sofisticados de la máquina que por el momento era su propio cuerpo, el estremecimiento del ser que estaba esparcido sobre el suelo con aquel notable color de rosa, el flujo viviente de un pensamiento a medio formar, el principio de una comunicación, la ruptura del hielo, en fin. Blaine sintió la tensión del júbilo que estallaba en su interior. Era estúpido sentirse contento todavía, ya que no había certeza de indicación de poder telepático. No obstante, aquel flujo misterioso parecía tenerlo, era como una ligera connotación…
—¡Insiste! — se dijo a sí mismo —. ¡Insiste!
—¡Permanece en ese instante!
—¡Sólo por treinta segundos más!
Aquel misterioso flujo le conmovió de nuevo, más alto y con más agudeza como si la criatura esparcida ante él hubiese aclarado su garganta antes de intentar un discurso.
Era difícil tomar contacto telepático con una criatura extraña, de otro mundo, algo más bien raro y poco frecuente. Y nada mejor que la vieja y clásica telepatía.
Y aquella criatura habló.
—¡Eh, amigo! Puedo intercambiar mi mente con la suya…
La mente de Blaine surgió aterrada, con un grito sin sonido audible, en una espantosa sorpresa, próxima al pánico. Por cuanto, sin aviso alguno, él era algo doble: él mismo y aquella otra criatura. Por un instante caótico, él vio lo que ella veía, sintió como la criatura había sentido y supo lo que aquello había sabido igualmente.
