
Debería marcharse inmediatamente. Antes de la luz del amanecer, o se hallaba a muchas millas de distancia o debería esconderse en cualquier parte. Pasó a lo largo de pequeños grupos de personas que charlaban, saludando a algunos conocidos o con un gesto de la mano. Le llevaría algún tiempo encontrar algún coche, en el cual, un conductor olvidadizo hubiera dejado puesta la llave de arranque. Podría ser que lo hallara; pero podría ser también que fracasara en tal propósito. Y en tal caso, ¿qué camino debería tomar? Escapar hacia las colinas, quizá, y esconderse por un día o dos, hasta resolver la situación de algún modo. Charline estaría dispuesta seguramente a prestarle ayuda; pero en el fondo sólo era una parlanchina y sería muchísimo mejor que se las arreglara por su cuenta, sin que la chica supiera nada. No existía nadie en quien pudiera confiar realmente, por el momento, para recibir una ayuda determinada. Algunos de sus compañeros del Anzuelo lo harían; pero teniendo en cuenta que no fuera algo que les resultara comprometedor personalmente. Quizá existirían muchos otros, pero era imposible determinarlo. Y habría quienes le venderían sin vacilar, si con ello ganaban alguna ventaja apreciable en cualquier aspecto.
Llegó hasta la entrada del salón de descanso y le pareció que salía del interior de un frondoso y espeso bosque a una llanura barrida por el viento limpio y puro donde poder respirar mejor. Allí, el parloteo de la gente sólo llegaba como un lejano murmullo y la atmósfera parecía más respirable. Se le fue la sensación de hallarse oprimido en medio de cuerpos y mentes y de la invisible red de intrigas que le envolvían por todas partes.
Se abrió la puerta que daba al exterior y una mujer entró en el salón.
—¡Harriet! — saludó Blaine —. Tenía que suponer que vendrías a la fiesta de Charline; ahora que recuerdo nunca te has perdido una. De paso recogerás alguna información importante y…