—Sé donde está la cocina.

—No cometas torpezas. Nada de movimientos repentinos, recuérdalo. Compórtate como los demás, incluso fingiendo que estás aburrido mortalmente. (Una imagen representando a una serie de señores, con los ojos semicerrados por el alcohol y el sueño, con los hombros caídos bajo el peso de un terrible aburrimiento, unas grandes orejas abiertas para escucharlo todo y una helada sonrisa en los labios). Pero procura dirigirte cuanto antes a la cocina, y entonces toma en seguida la puerta de al lado, que conduce a la carretera.

—¿No querrás decir que vas a marcharte ahora… así? — dijo Blaine en voz alta —. Mi opinión, puedo asegurarte, es frecuentemente equivocada sobre las fiestas. Pero, ¿y tú? ¿Por qué haces esto? ¿Qué consigues con hacerlo? (Perplejidad. Una persona irritada llevando en la mano un saco vacío.)

—Te quiero. (Un mosaico con dos corazones tallados y enlazados dentro.)

—Mientes. (Una pastilla de jabón lavando enérgicamente una boca.)

—No se lo digas, Shep — dijo Harriet —. Le destrozaría el corazón a Charline. Soy un periodista y estoy trabajando en una novela de la que tú formas parte.

—Olvidas una cosa. El Anzuelo puede estar esperando en la boca del cañón.

—Shep, no te preocupes. Lo tengo todo bien preparado. Les volveremos locos.

—De acuerdo, pues — repuso Blaine —. No diré una palabra. Te veré después por la fiesta. Y gracias.

La chica abrió la puerta y se marchó, y Blaine pudo oír el sonido de sus pasos atravesando el patio y bajar después las escaleras.

Blaine se volvió lentamente hacia las habitaciones llenas de gente, en plena fiesta, y mientras atravesaba la puerta de acceso, el ruido de conversaciones estalló de nuevo dándole en el rostro como una bofetada.



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