
Se detuvo un momento en el bar, donde tomó un whisky con hielo y soda, permaneciendo unos momentos abstraído, mientras tomaba la bebida a tragos. Debería no aparentar tener prisa; pero también debería salvar a toda costa el obstáculo de enfrascarse en cualquier conversación que le hiciera perder el tiempo. No había tiempo para ello.
Pudo haber entrado un par de minutos en el dimensino; pero aquello resultaba peligroso, podía ser identificado demasiado rápidamente y abstraerse con el encanto fascinante del dimensino.
Intercambió rápidos saludos con algunos conocidos y tuvo que charlar un momento con cierto caballero a quien no veía hacía diez días solamente, se vio obligado también a soportar dos o tres chistes subidos de color, e incluso tuvo que defenderse del asalto de una chica joven dispuesta a tenderle una clara emboscada.
Por fin, moviéndose gradual y lentamente, llegó a la cocina.
Entró en el interior y siguió hacia la escalera. La estancia se hallaba completamente vacía, una estancia fría, metálica y reluciente con el resplandor del cromo y el brillo de su calidad de fabricación. Un reloj de parea corría los segundos lentamente, colgado de un lateral, y el susurro resultaba imponente en el completo silencio de la cocina.
Blaine dejó el vaso que llevaba en la mano, todavía medio lleno de whisky, en la mesa más próxima. A seis pies de distancia, se hallaba la puerta de escape al exterior. Echó los dos primeros pasos y al bajar el tercero algo le rebulló instantáneamente en el cerebro, Volviéndose con rapidez. Freddy Bates permanecía erecto junto al refrigerador, con una mano metida en el bolsillo de la chaqueta.
