Era el ruido de muchas personas hablando a la vez, sin importarle mucho lo que decían, ni tampoco el sentido de sus palabras, sino el simple hecho de hablar por hablar hasta formar un mar de ruido confuso y molesto. Así, resultaba que Harriet era una telépata, algo que nunca podía haber sospechado… y además periodista y con talento. «Mujeres de boca cerrada», pensó Blaine, aunque se le ocurrió imaginar si existiría una mujer en el mundo con tal virtud. Si bien Harriet, recordó Blaine, era más periodista que mujer. Se la podía poner a la altura de los mejores escritorzuelos.

Se detuvo un momento en el bar, donde tomó un whisky con hielo y soda, permaneciendo unos momentos abstraído, mientras tomaba la bebida a tragos. Debería no aparentar tener prisa; pero también debería salvar a toda costa el obstáculo de enfrascarse en cualquier conversación que le hiciera perder el tiempo. No había tiempo para ello.

Pudo haber entrado un par de minutos en el dimensino; pero aquello resultaba peligroso, podía ser identificado demasiado rápidamente y abstraerse con el encanto fascinante del dimensino.

Intercambió rápidos saludos con algunos conocidos y tuvo que charlar un momento con cierto caballero a quien no veía hacía diez días solamente, se vio obligado también a soportar dos o tres chistes subidos de color, e incluso tuvo que defenderse del asalto de una chica joven dispuesta a tenderle una clara emboscada.

Por fin, moviéndose gradual y lentamente, llegó a la cocina.

Entró en el interior y siguió hacia la escalera. La estancia se hallaba completamente vacía, una estancia fría, metálica y reluciente con el resplandor del cromo y el brillo de su calidad de fabricación. Un reloj de parea corría los segundos lentamente, colgado de un lateral, y el susurro resultaba imponente en el completo silencio de la cocina.

Blaine dejó el vaso que llevaba en la mano, todavía medio lleno de whisky, en la mesa más próxima. A seis pies de distancia, se hallaba la puerta de escape al exterior. Echó los dos primeros pasos y al bajar el tercero algo le rebulló instantáneamente en el cerebro, Volviéndose con rapidez. Freddy Bates permanecía erecto junto al refrigerador, con una mano metida en el bolsillo de la chaqueta.



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