Y con todo, era tan chic como una modelo de última moda. Chic, sin ser cursi, en absoluto, y con un cierto aire de quieta seguridad en sí misma, que en otra mujer hubiera supuesto arrogancia. No habría nada, Blaine estuvo seguro, que pudiera ser conocido del Anzuelo, que ella no lo supiera igualmente. Ella solía escribir con un punto de vista de extraña objetividad, casi podría decirse que separada y al margen de todo; pero aun en tan rara atmósfera periodística, ella sabía inyectar a sus escritos una suave pincelada de ternura y de calor humanos.

Y frente a todo aquello, ¿qué sería lo que Harriet estaba haciendo allí?

Ella era una amiga, desde luego. Blaine la conocía desde hacía años, casi desde el primer momento en que llegó al Anzuelo y fueron a cenar juntos a aquel lugar en que una pobre mujer ciega todavía vendía rosas. Blaine le había comprado una rosa y, hallándose lejos de casa y a solas con él, había gritado un poco. «Pero — se dijo para sí — Harriet no habría vuelto, seguramente, a gritar desde entonces».

Extraño, sin duda; pero todo resultaba extraño. El Anzuelo, por sí mismo, resultaba una moderna pesadilla, que los otros mundos lejanos, en el período de un siglo, no habían acabado de aceptar completamente.

Blaine imaginó qué habría ocurrido, en todo aquel siglo ya pasado, en que los hombres de ciencia habían renunciado, cuando habían admitido que el Hombre no estaba hecho para el espacio. Y todos aquellos años muertos, todos aquellos sueños fracasados, hasta llegar a la aceptación de un amargo fin sobre el reducido espacio de un planeta. Por entonces, todos los dioses habían caído por tierra y el Hombre, en su mente secreta, había conocido que, después de tantos años de anhelos, sólo había conseguido unos cuantos artilugios y dispositivos. La esperanza cayó en tiempos difíciles y duros y los sueños habían disminuido, mientras que la realidad apretaba su garra; pero la llamada del espacio había rehusado morir del todo.



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