
Y en aquel mismo instante, él era asimismo Sheperd Blaine, un explorador anzuelo, una mente proyectada hacia el extremo desde la Tierra, y muy lejos de su origen.
Y también, al propio instante, su tiempo terminó.
Se produjo una sensación de precipitarse con violencia, como si el espacio en sí mismo pudiese pasar tronando a una fantástica velocidad. Sheperd Blaine, protestando de aquello, fue lanzado a través de cinco mil años luz de distancia, a un lugar concreto del norte de Méjico.
III
Blaine fue surgiendo de aquel pozo de obscuridad, donde había estado sumergido, empeñándose con ciega persistencia en terminar el camino emprendido, como algo parecido a conducirse por el puro instinto. Y se dio cuenta dónde estaba, estuvo bien seguro, aunque sin asirse a aquel conocimiento. Se había encontrado en aquel pozo momentos antes, muchas veces antes también, y ello le resultaba familiar; pero ahora sentía algo extraño que jamás había experimentado con anterioridad.
Era él mismo, sin duda alguna, pero en él radicaba aquella extrañeza casi como si fuese otra persona, como si solo fuese la mitad de sí mismo, y su otra mitad estuviese en poder de un ser desconocido, que le empujase contra un muro, inyectándole un temor insuperable que le aplastaba, abandonándole en la más absoluta soledad, una soledad llena de pavor cósmico insufrible, insoportable.
Fue surgiendo de aquel pozo sin fondo con un titánico esfuerzo de voluntad, como si tuviera que luchar con uñas y dientes, y su mente también tenía que luchar fanáticamente, como si no quisiera volver a sentir jamás aquella mortal y espantosa sensación, huyendo de aquella cosa que parecía haber formado parte de su propia vida y permaneciendo aparte, no obstante, tanto tiempo como viviera.
