
Porque existía un grupo de hombres tenaces que acabó tomando otro camino, un camino que el hombre había perdido o abandonado, según se quisiera entender, hacía muchos años, y que desde tal época había mirado con desprecio o condenado, con el nombre de lo mágico.
Lo mágico era una cosa para niños, se encontraba en los cuentos de las viejas y era algo más bien propio de la literatura infantil, y que en el mundo agrio y duro del camino que el hombre había seguido resultaba intolerable. Creer en lo mágico suponía encontrarse descartado y despreciado por los demás.
Pero aquel grupo de hombres tenaces y testarudos había creído en la magia, o al menos, en los principios de esa cosa que el mundo llamaba la magia, ya que había que tener en cuenta el significado de lo que se había ido construyendo sobre la palabra. Más bien era un principio tan verdadero, como los principios sobre los cuales descansan las ciencias físicas, pero, en tal caso, más que una ciencia física, era una ciencia mental, y ello concernía al uso y a la extensión de la mente, en vez de lo que pudiera tener relación con el uso y la extensión de las manos. Y como consecuencia de aquella testarudez, de aquella creencia y de aquella fé, había surgido el Anzuelo, y había adoptado el nombre de Anzuelo, porque era una búsqueda de lo exterior, una pesca en el espacio, un ir de la mente, donde el cuerpo no podía ir.
Delante del coche apareció una curva suave hacia la derecha y después otra hacia la izquierda, hasta llegar a un lugar en que la carretera terminaba, finalmente. Harriet dirigió el coche fuera del camino y apuntó hacia el lecho rocoso de una corriente que corría a lo largo de una de las paredes del cañón. Los reactores del coche tronaban y mugían y los motores trabajaban a pleno rendimiento. Muchas ramas de árboles saltaban al paso, rotas por el empuje, haciendo que el coche se volcara de costado y se balanceara hasta recobrar en seguida su posición correcta.
