—No se está aquí demasiado mal — dijo Harriet —. Hay uno o dos lugares para ir más tarde.

—¿Es ésta la línea de retirada a que te referías antes?

—Exactamente, Shep.

Pero ¿para qué necesitaría Harriet Quimby una línea de retirada. Estuvo Blaine casi a punto de preguntárselo; pero decidió no hacerlo al fin.

La chica continuó conduciendo con precaución viajando en el lecho seco del arroyo y colgada próxima a la pared rocosa del cañón que bajaba cada vez más hasta perderse en la oscuridad. Muchos pájaros saltaban asustados de los árboles próximos y de los matorrales y el ramaje rozaba contra el coche gimiendo ante la tortura que la máquina les infligía.

Las luces delanteras mostraron una aguda plegadura del terreno, con una roca del tamaño de un granero, encerrada en la pared rocosa. El coche disminuyó de velocidad y se metió de morro entre la roca y la pared, se cernió unos segundos de la parte trasera, hasta tomar tierra suavemente en el espacio deseado.

Harriet cerró los reactores del coche y el silencio más absoluto cayó sobre ellos, en aquel lugar y en aquella hora de la madrugada.

—¿Tenemos que caminar desde aquí? — preguntó Blaine.

—No, solamente esperaremos un poco. Vendrán a cazarnos por todos los medios y, si oyen los reactores, conocerán el camino que hemos emprendido.

—¿Vas a llegar hasta el final?

—Hasta el final.

—¿Has hecho ya este camino antes?

—Muchas veces — repuso la chica —. Porque sabía que si llegaba el momento de utilizarlo, habría de hacerlo rápidamente. No hay tiempo para suposiciones ni dudas. Tenía que conocer bien el sendero a seguir.

—Pero ¿por qué, en nombre de Dios?



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