
—Mira, Shep. Estás metido en un grave aprieto. Te he sacado de él. ¿Deberemos continuar juntos?
—Si ése es el camino que prefieres, seguro que sí. Pero creo que estás jugándote el cuello y creo que no hay necesidad de lo que hagas por mí.
—Ya me lo he jugado en otras ocasiones antes. Una buena periodista tiene que estar dispuesta a jugárselo, cuando llega la ocasión propicia.
«Aquello era cierto — se dijo Blaine a sí mismo —, pero no hasta tal extremo». Existía un gran número de periodistas en el Anzuelo y él había incluso bebido con ellos más de una vez. Había entre ellos algunos a los cuales podía considerar como amigos; pero, con todo, ninguno entre ellos, ninguno excepto Harriet, haría lo que ella estaba haciendo.
El periodismo por sí mismo no era la respuesta. Ni la amistad tampoco debería serlo. Debía ser algo más que una cosa y la otra, quizá algo mucho más importante que ambas cosas juntas.
La respuesta podía ser que Harriet no era solamente una periodista. Ella tenía que ser algo más y debería existir otro interés mucho más fuerte, que la empujase a realizar aquello.
—En alguna de las otras ocasiones, te jugaste el cuello también, ¿lo hiciste por Stone?
—No — repuso la chica —. Sólo he oído hablar de él.
Se quedaron sentados en el coche, escuchando, y allá abajo, en la lejanía, se apreciaba un sordo ruido de reactores. El ruido aumentó súbitamente camino arriba y Blaine trató de contarlos. Le pareció que eran tres, aunque no pudo estar seguro. Los coches se aproximaron en su ronda de vigilancia y se detuvieron. Unos hombres salieron y anduvieron buscando entre los matorrales. Se llamaron los, unos a los otros. Harriet puso su mano sobre el brazo de Blaine y comenzaron a hablar telepáticamente.
—Shep, ¿qué hiciste con Freddy? (Una imagen con una, cabeza de un hombre muerto en una horrible mueca.)
—Lo dejé tumbado de un puñetazo, eso fue todo.
