
—¿Y tenía una pistola?
—Sí, se la quité.
(Freddy encerrado en un ataúd can una apretada sonrisa en su pálida faz y un horrible ramo de lilas entre sus manos entrelazadas.)
—No. Nada de eso. (Freddy con un ojo a la vinagreta, la nariz chorreando sangre y varios esparadrapos atravesándole la faz amoratada.)
Y la pareja continuó sentada, escuchando.
Los gritos de aquellos hombres se fueron apagando y los coches emprendieron nuevamente el camino de regreso.
—¿Ahora?
—Esperaremos — dijo Harriet telepáticamente —. Vinieron tres y sólo han vuelto dos coches. Todavía hay uno esperando (una hilera de orejas enormes en batería dispuestas a captar cualquier sonido). Están seguros de que hemos seguido este camino, aunque no saben dónde nos encontramos. Se figurarán que nosotros hemos confiado en que han vuelto, para traicionarnos a nosotros mismos.
Y siguieron esperando. En alguna parte, entre el ramaje y los arbustos, se movió algo y un pájaro asustado por el explorador nocturno protestó adormecido.
—Hay un lugar — dijo Harriet —. Un lugar en que te hallarás a salvo. Si es que quieres ir allí.
—Cualquier sitio. No tengo opción a elegir.
—¿Sabes cómo se vive en el exterior?
—He oído hablar de ello.
—Tienen puestos letreros en los pueblos y en algunas ciudades (una pizarra con las palabras: ¡PARAKINO: NO DEJES QUE EL SOL TE ALUMBRE AQUÍ! Son gentes cargadas de prejuicios y de intolerancia, y además hay predicadores de los antiguos tiempos, barbudos, tronando en los púlpitos, hombres vestidos con camisones de dormir, con máscaras sobre sus rostros y con una cuerda y un látigo en la mano, gentes asustadas amparándose bajo el símbolo de un zarzal. Harriet dijo en un susurro vocal:
—Es una sucia y apestosa vergüenza.
Abajo, en el camino, el último coche arrancó. La pareja escuchó cómo se alejaban.
