
—Se marcharon, por fin — dijo Harriet —, aunque han podido dejar un hombre apostado todavía; ahora tendremos nuestra oportunidad, no obstante.
Puso el motor en marcha y arrancó los reactores. Con las luces apagadas, el coche se dirigió hacia el lecho rocoso del torrente, moviéndose entre una enorme masa de matorrales. Subieron a la parte izquierda esta vez y de pronto apuntó el morro hacia arriba para pasar entre un fallo de la cresta del cañón y saltar al otro lado. Harriet conducía hábilmente. Saltaron, en lo que pareció una eternidad, recibiendo el aire frío en plena cara. Finalmente el coche flotó libre en el espacio, recibiendo un torrente de luz de la luna, que se escondía por el oeste. Harriet condujo un trecho y después hizo descender el vehículo descansando en medio de una planicie, sin estorbo alguno, en ningún sentido. La chica detuvo los motores y se retrepó en el asiento.
Blaine sacó un paquete de cigarrillos, del que sólo había uno disponible, hallándose por cierto terriblemente arrugado. Lo alisó cuidadosamente y lo encendió. Entonces salieron, paseando lentamente alrededor del vehículo, y puso el cigarrillo entre los labios de Harriet. La chica tomó una profunda chupada, con verdadero placer.
—La frontera se encuentra justamente frente a nosotros — dijo ella —. Tomarás ahora el volante. Es cuestión de Otras cincuenta millas a través del territorio; pero es un camino fácil. Hay una pequeña ciudad, en donde nos detendremos para desayunar.
VII
La multitud se había congregado en la calle, frente al restaurante. Parecía un enjambre alrededor del coche de Harriet, al que observaban en silencio y de cerca. Lo hacían sin ruido, irritados seguramente y con cierta aprensión, quizás en el borde mismo del miedo.
Blaine apoyó su espalda contra la pared del restaurante, donde unos minutos antes habían terminado de tomar el desayuno, sin el menor incidente, resultándoles una comida grata y apetecible. Ninguno de los dos había pronunciado una palabra. Todo parecía normal, como en cualquier otro sitio.
