—¿Cómo habrán podido saberlo? — preguntó Blaine.

—No lo sé — repuso Harriet.

—Han quitado el letrero.

—Quizá será que se habrá caído. O a lo mejor no lo han tenido nunca puesto. Hay sitios en que no aparece. El ponerlo significa un desafío y muchas veces es causa de beligerancia.

—Pues esa gente tiene cara de pocos amigos.

—Puede que no sea por nosotros.

—Quizá no — repuso él.

—Escucha con atención, Shep — dijo Harriet telepáticamente —. Si ocurre alguna cosa, si tenemos que separarnos, vete a Dakota del Sur. Allí está Fierre (un mapa de los Estados Unidos, con Fierre marcado con una estrella y el nombre en grandes letras rojas y un camino señalado en color de púrpura que conducía desde aquel punto hacia la gran ciudad en el ancho Missouri).

—Conozco el lugar — repuso Blaine. —Pregunta por mí en este restaurante (la fachada de un edificio, con el frontal de piedra y grandes ventanas con una silla de montar muy adornada colgando de una de ellas y una magnífica cabeza de alce clavada sobre la puerta principal). Está sobre la colina, por encima del río, casi todo el mundo me conoce allí. Ellos podrán decirte dónde me encuentro en un momento determinado.

—No iremos a separarnos.

—Está bien; pero de ocurrir así, recuerda cuanto le he dicho.

—Desde luego, así lo haré. Tú me has sacado de todo este atolladero, ya sabes que confío absolutamente en cuanto me digas.

La multitud de curiosos mal encarados de la calle comenzó a moverse ligeramente, como en un susurro animal, como si comenzara a salir de la quietud que hasta entonces había guardado. Un murmullo de rebaño comenzó a surgir más y más fuerte, sin palabras. Una vieja arrugada empujó entre la multitud y se plantó en medio de la calle. Era un ser prehistórico. Lo que pudo ser aquella anciana como mujer, su cabeza, sus manos y sus pies desnudos y embarrados, era entonces un repugnante revoltijo de porquería Tenía los cabellos blancos como la nieve, cayéndole en sucios mechones alrededor de la cabeza.



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