Levantó un brazo delgado como un pingajo de músculos fláccidos y apuntó con un dedo huesudo y retorcido en dirección a Blaine.

—Es él — gritó —. Es el único a quien he localizado Existe en él algo misterioso. No puede una meterse en su cerebro. Es como un espejo brillante. Es…

El resto de lo que pudo decir quedó ahogado por el creciente clamor de la multitud, que comenzó a moverse hacia delante, paso a paso, sin correr, de a dos en fondo, pegándose contra la pared como si fuese algo que tuvieran que hacer temeroso y con repugnancia, empujados por un deber cívico que debía ser más grande que su temor.

Blaine se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y acarició con los dedos la pistola que recogió en la cocina de Charline. Pero no debería ser aquel el procedimiento a seguir. Aquello pondría las cosas mucho peor. Retiró la mano del bolsillo y se la dejó colgando junto al costado. Pero algo debía ir equivocadamente. Allí se encontraba él solo, como ser humano. No existía el Color de Rosa en su interior, no sentía el menor movimiento en el escondite de su cerebro. Era un hombre al desnudo y se imaginó por un momento si aquello debía ser motivo de alegrarse o no. Y entonces captó el leve susurro de su cerebro, y esperó a ver qué pasaba; pero nada ocurrió en aquel sector de su cerebro donde la cosa Color de Rosa se hallaba íntimamente refugiada.

Entre el gentío que se dirigía hacia el restaurante surgió la furia y se comenzaron a oír maldiciones e imprecaciones de todo género. No era el movimiento escurridizo nocturno de un grupo sedicioso, sino el torcido propósito a la luz del día de una manada de lobos, y a la cabeza, la horrible vieja que había apuntado a Blaine con el dedo.



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