—Nos quedaremos quietos — dijo Blaine a Harriet —. Es nuestra única oportunidad.

En cualquier momento, entonces, la situación podría estallar en una crisis difícil de prever. Aquella multitud podía perder los nervios, de algún modo, o estallar por cualquier incidente simple en una algarada de graves consecuencias. Y de ocurrir así, no tendría más remedio que usar la pistola No era que lo deseara, ni siquiera lo intentaría; pero podría llegar el caso de tener que hacerlo en propia supervivencia. Pero, por el momento, entre el pequeño intervalo que podía existir, antes de que la violencia pudiera producirse, el pueblo aparecía como petrificado, una pequeña población como dormida, con unos cuantos comercios, todos necesitados de una mano de pintura, frente a una larga calle tostada por el sol. Unos árboles raquíticos surgían a trechos asimétricos. Por algunas ventanas se observaban las caras de algunas personas que fijamente miraban con asombro aquel potencial animal andando por la calle.

La multitud se aproximaba más y más, en círculo, con precauciones y muda, todos los murmullos se habían aquietado, todo el odio y su rencor debía haber quedado escondido bajo sus salvajes máscaras. Un pie sonó metálicamente sobre la acera y otro después, como de alguien que pisaba terreno firme.

Aquel hombre se aproximó a Blaine, permaneciendo a un lado, volviéndose entonces hacia la turba. No había pronunciado palabra, limitándose a permanecer allí. La multitud se detuvo en la calle, en una temerosa quietud. Entonces, uno de los hombres le dijo:

—Buenos días, sheriff.

El sheriff permaneció impertérrito, sin pronunciar palabra.

—Esa gente son parakinos.

—¿Quién dice eso? — preguntó el sheriff.

—La vieja Sara lo dice.

El sheriff miró a la vieja arpía.

—¿Qué ocurre, Sara?

—Tom tiene razón — dijo Sara entre sus escasos dientes —. Aquel que hay allí tiene una mente muy extraña y divertida. Puede tirar a uno de espaldas.



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